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Capítulo 2. No fue sino mi culpa

  • Foto del escritor: Ottobee
    Ottobee
  • 11 jun 2025
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 28 jun 2025

Escándalo: La Amante Secreta del Emperador

Cornelia sabía que era impropio, pero se frotó los ojos con brusquedad, esperando que aquel momento no fuera real.

El emperador Carlisle era la única persona que debía evitar a toda costa.

El marquesado de los Olsen llevaba mucho tiempo oponiéndose políticamente a la facción del emperador, y su padre, el marqués Olsen, solía confrontarse con Carlisle en el consejo.

‘¿Por qué demonios está aquí?’

‘Y por qué… ¿me besó?’

La cabeza de Cornelia sentía que iba a explotar debido al aluvión de pensamientos disconexos.

¿Un beso del helado emperador Carlisle, de quien se decía que no tenía ni un ápice de sangre ni lágrimas?

¿Quién habría imaginado que el infame emperador podría ser tan apasionado, con el cuerpo ardiendo de deseo?

Por supuesto, solo había oído tales descripciones a través de rumores, ¡pero aún así!

Ese no era el problema principal.

Si alguien se enteraba, su vida tranquila desaparecería para siempre.

‘He trabajado demasiado para proteger mi paz—¡no puedo permitir que esto ocurra!’

La determinación se dibujó en el rostro de Cornelia.

“Esa es sin duda una reacción inusual, pero no muy agradable. ¿Deberíamos detenernos ahora?”, habló el emperador Carlisle, quien había estado observando sus cambiantes expresiones y frunció el ceño.

“Tú ya sabías quién era yo cuando llegaste, ¿no es así?”, continuó en voz baja.

‘¿Sabía ya? ¿Qué quiere decir con eso?’

Cornelia se dio cuenta de que la había confundido con otra persona.

No era de extrañar que la hubiera besado tan de repente, pese a que nunca se habían visto antes.

Por un momento, un intenso sentido de repulsión la invadió, pero no pudo expresarlo del todo.

Después de todo, él era el Emperador y ella solo la hija de un marqués.

Esperen.

Hasta donde ella sabía, la amante oficial del Emperador era Lady Grace Citran, hija del conde Citran. Su relación había durado bastante tiempo y no había oído nada sobre una ruptura. Eso significaba que todavía estaban juntos…

La boca de Cornelia se abrió en un grito silencioso.

‘¿Engañando a su amante por un simple encuentro?’

El emperador Carlisle parecía aún más desenfrenado en el amor de lo que sugerían los rumores.

De pronto, Cornelia sintió curiosidad por la nueva mujer del emperador.

‘¡Una relación tan secreta que tenían que reunirse en un lugar donde nadie los encontrara!’

Su curiosidad se despertó.

“Vamos al grano”, dijo Cornelia.

“Ah…”, un suspiro grave junto con el calor repentino de su mano apretando su cintura la devolvieron a la realidad.

Intentó ignorar la sensación de su toque, girando su cuerpo ligeramente para crear algo de distancia.

‘¿Qué importa ahora con quién esté el emperador?’ —se preguntó.

Lo importante era explicar la situación y aclarar su identidad.

Tenía que arreglar este absurdo malentendido.

Había una extraña sensación de vacío donde él había estado, pero rápidamente apartó ese pensamiento.

“Cornelia Olsen saluda a Su Majestad el Emperador”, dijo con voz suave y elegante, igual que siempre.

Su saludo fue tan delicado como una mariposa que se posa en una flor, y su belleza era imposible de ignorar bajo la luz de la luna.

“¿Olsen?”, las palabras salieron de los labios del emperador con un destello de perplejidad en sus ojos carmesí. “¿Olsen?”, repitió, mirándola de arriba a abajo.

El cabello dorado de ella brillaba intensamente, y sus claros ojos castaños brillaban con vida bajo sus espesas pestañas oscuras.

‘¿Olsen?’

No se parecía en nada a la mujer que él había visto tantas veces en el consejo.

Al mirarla más de cerca, había algunas similitudes sutiles, pero la Cornelia ante él era completamente distinta de la que él conocía, especialmente por su figura curvilínea y tonificada, resaltada por su vestido dorado de sirena…

Si ella no se hubiera presentado, él no habría reconocido que era de la familia Olsen.

Carlisle, fascinado por su apariencia, fue súbitamente consciente de la situación.

‘¿En qué momento me equivoqué?’, se preguntó.

‘Estaba seguro de haber recibido información correcta.’

Su mirada se tornó fría.

Un silencio pesado cayó sobre ellos.

El corazón de Cornelia, que unos momentos antes había latido con fuerza, comenzó a calmarse.

¿Estaba el emperador sorprendido porque la mujer a la que había besado con tanta pasión no era a quien debía encontrar? ¿O porque era de la casa Olsen?

Cornelia intentó leer sus pensamientos.

“Ya veo el porqué de tu reacción”, murmuró él.

“............”

Su tono era ahora extrañamente calmado, como si su confusión momentánea jamás hubiera existido. Ya lo había evaluado todo.

“¿El marquesado de los Olsen?”, repitió, con un aire de autoridad que oprimía.

“Sí, Su Majestad”, respondió ella, inclinándose con respeto.

El emperador estaba sin duda disgustado por el bochornoso beso y las palabras escandalosas que habían intercambiado. Pero si alguien estaba en problemas, era ella.

Si esto llegaba a oídos de alguien, las consecuencias para Cornelia serían mucho peores que para él.

Ella no había provocado este incidente, pero la atmósfera tensa era asfixiante.

‘Solo vine a descansar, ¡¿cómo terminé en este desastre?!’

Quería salir por esa puerta, volver a su casa y refugiarse en su cama, escondida un día o dos. Quizás así podría olvidar todo —el corazón latiendo con fuerza, la sensación embriagadora de sus labios y el calor de su aliento.

“Lo siento”, dijo ella, y él respondió al mismo tiempo:

“Lo lamento”.

“........”

“........”

Sus rostros se fruncieron en una mueca.

‘¿En este momento? ¡De todos los momentos!’

Cornelia apretó los labios y cerró los ojos, luego los abrió de nuevo.

Había querido disculparse rápido y marcharse, pero todo se complicaba más y más.

“Parece que cometí un error”, murmuró Carlisle en voz baja, observando su vacilación, con un tono más frío que el de alguien que solo expresa disculpa.

El ceño de Cornelia se frunció; la palabra “error” la perturbaba.

Sin importar cómo lo viera, él continuó.

“Parece que confundí la terraza.”

“Está bien, Su Majestad”, respondió ella.

“¿Lo está?”, preguntó él.

“Sí. En esta situación… yo también fui descuidada.”

El ceño de Carlisle se frunció.

“¿Qué hiciste mal? Si alguien fue descuidado, fui yo”, dijo con voz fría, su mirada posada en su frágil figura.

Había visto a mucha gente nerviosa, con el pulso acelerado o tartamudeando en su presencia—algo habitual para un emperador, y en general, indiferente. Pero Cornelia era distinta.

Le recordaba al marqués Olsen, el líder de la facción noble que lo enfrentaba en el parlamento.

A diferencia del marqués, quien tenía el cabello gris bien recogido y un porte afilado, Cornelia le recordaba a un delicado gatito dorado.

Era imposible trazar un vínculo entre ambos.

La mirada de Carlisle se detuvo en el suave vaivén de su pecho, en sus hombros claros y delicada nuca.

Sus labios se secaron. Bajo la luz de la luna, irradiaba un brillo innegable.

‘Si no llevase el apellido Olsen…’

Carlisle sabía que se sentía atraído por ella, y tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener la mirada neutral.

“No importa lo que digas, el hecho es que el error es mío. ¿Qué debo hacer? Si deseas una compensación, te la otorgaré.”

“Realmente no es necesario.”

“No dudes en pedírmelo. No te lo reprocharé más adelante.”

Carlisle insistió, invitándola a pensarlo bien.

“De hecho, me resultaría mejor si hicieras una petición.”

“Agradezco la consideración, Su Majestad… pero no busco compensación.”

“¿No buscas compensación? ¿Hablas en serio?”, preguntó con curiosidad.

Sus miradas se encontraron.

“Sí. Asumo totalmente mi descuido. Por eso, juro guardar silencio por honor familiar.”

Su voz fue calma, pero firme.

Si esto se hiciera público, ella sufriría más consecuencias que él.

De hecho, si Carlisle no hubiera propuesto el secreto, podría haber sido ella quien le rogara olvidarlo.

El silencio siguió a su negativa.

Tras un momento, él volvió a hablar.

“Pensé que Adrian Olsen era el heredero del marquesado.”

“Sí, Su Majestad. Mi hermano es el heredero de nuestra familia.”

“Entonces, ¿cómo puedo confiar en alguien que no es siquiera el sucesor? Hoy te he conocido por primera vez.”

Su voz baja sonaba distante.

El rostro de Cornelia se endureció. Fruncir el ceño delante del emperador era audaz, incluso imprudente.

Pero él siguió sin más.

“Un simple beso no es razón suficiente para confiar ciegamente, ¿no crees?”

“.......”

“Lo preguntaré una vez más. En lugar de rechazarme, nombra una compensación.”

Su voz se enrareció.

¿Había interpretado su negativa como desafío a su autoridad?

El aura opresiva del emperador ex maestro de espada era escalofriante.

Cornelia se estremeció.

Por un instante sintió miedo, como si de verdad debiera ceder.

Pero apretó los dientes y soportó la presión.

“Solo fue un beso… pero Su Majestad fue quien besó a una mujer que no había conocido antes.”

“¿Y se supone que eso me convenza de confiar en ti?”

“Por supuesto que no.”

“¿Entonces?”

“Si no tengo la credibilidad suficiente para hablar por los Olsen, ¿por qué no confiar en el propio juicio de Su Majestad? Le aseguro que la situación que teme nunca acontecerá.”

Su respuesta tuvo un sutil tono punzante.

Una leve muestra de desafío, sin duda, pero insignificante comparado con el beso no solicitado y el insulto de sus palabras.

‘Me robó un beso sin mi permiso, y ahora cuestiona mi credibilidad?’

Podría haberlo desechado como mera arrogancia de un hombre que gobierna un imperio, pero la frase “solo un beso” la irritaba.

Una leve risa escapó de Carlisle.

Los contornos de su expresión, generalmente fría se curvaron en una sonrisa irresistible.

La visión fue tan cautivadora que Cornelia sintió un nudo en la garganta.

Su oído zumbó y todo su cuerpo pareció vibrar, golpeado por una extraña inquietud en el pecho.

“Si no mi juicio, ¿qué ofrecerás como garantía?”

“¿G-garantía?”

Ella había esperado que se enfadase, que la regañara por su insolencia.

Pero en lugar de eso, él parecía… intrigado.


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