Capítulo 4. Mayordomo Ernest
- Ottobee

- 1 jun 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 25 jun 2025

Rey de reyes, Señor de señores.
Adele leía esa frase, una y otra vez, absorta. Estaba grabada en la estatua situada en lo alto de la puerta principal de la mansión Buonaparte.
Era una escultura de una sirena con una estrella en brazos. La sirena representaba a la diosa del mar y la estrella simbolizaba a los Buonaparte.
En otras palabras, Buonaparte era la familia elegida por la diosa del mar.
Era una escultura que fácilmente podía causar rechazo en Santnar, que formalmente era una república.
Por supuesto, nadie se atrevería a mostrarlo abiertamente. La posición de Buonaparte en Santnar era verdaderamente la de un señor de señores.
'Y aquí estoy yo, una simple limpiabotas.'
Pensando en lo impredecible que era la vida, Adele se dirigió a una pequeña puerta al lado de la entrada principal.
“¿En qué puedo ayudarle?”
El portero, que la había estado observando desde hace rato, preguntó.
Aunque parecía un caballero, fue amable. Se notaba en el hecho de que usara un tono respetuoso pese al aspecto desaliñado de Adele.
“Tengo una cita previa,” respondió ella.
Adele habló con calma. Su rostro inexpresivo y su serenidad eran innatas, así que su voz no tembló en absoluto.
El caballero se mostró momentáneamente confundido al oír una voz tan melodiosa salir de una limpiabotas andrajosa, pero pronto preguntó con tono profesional:
“¿A quién viene a ver?”
“Al señor Cesare Buonaparte.”
Incluso mientras respondía, el corazón de Adele latía con inquietud.
¿Qué pasaría si él se hubiera olvidado de la cita? ¿O si no hubiera avisado al portero?
Pero el caballero asintió cortésmente.
“Entendido. Sin embargo, antes de permitirle la entrada, necesitamos realizar una confirmación".
“¿Una confirmación?".
“Sí.”
El caballero se aclaró la garganta.
“Quien le permite el paso soy yo, Cesare…” (1)
Adele, que había abierto los ojos por un instante, respondió de inmediato:
“Vengo del lugar al que anhelas regresar.” (2)
El caballero asintió.
"Está confirmado. El mayordomo llegará en breve, así que por favor espere un momento."
“Sí.”
Adele suspiró aliviada sin que nadie lo notara y alzó la vista fingiendo admirar las esculturas de mármol de la puerta principal.
Fingía, porque en realidad estaba maldiciendo a Cesare por dentro.
'¿Quién pone eso como parte de una contraseña? Es como decir que no quiere que entren.'
Era una línea de una obra de teatro de Durante, aunque no particularmente famosa.
Una vez más, Adele se dio cuenta de que Cesare no solo era quisquilloso, sino también menos simple de lo que parecía.
El hecho de haber puesto algo así como contraseña implicaba que tenía un alto nivel académico.
En otras palabras, si no eras capaz de superar eso, mejor que te fueras.
Adele evocó la última imagen que tenía de Cesare: Un físico naturalmente alto, que contrasta con una sonrisa encantadora. Y una dulce voz.
Entonces recordó aquellos fríos ojos dorados que se ocultaban tras su encantadora apariencia. Sintió que el camino por delante no sería fácil.
En ese momento, apareció un mayordomo de edad avanzada.
“¿Es usted la señorita Adele?”
“Hola, soy Adele,” respondió ella, inclinándose por reflejo.
“Soy Ernest, mayordomo de la casa Buonaparte.”
A pesar del sombrero viejo y mal puesto de Adele, el anciano se mostró cortés.
“Permítame acompañarla al interior.”
La mirada sin rastro de desprecio la hizo sentir incómoda. Adele siguió caminando tras el mayordomo.
Más allá de la puerta principal se extendía un amplio jardín, decorado con arbustos bajos que formaban senderos.
En el centro, había una estatua de una sirena con el cabello suelto. Del cántaro que sostenía fluía un hilo de agua cristalina.
Era una fuente hermosa. Adele, aunque seguía los pasos de Ernest, la contemplaba como hechizada.
“Es una obra del escultor Verzzelli.”
El mayordomo habló sin siquiera volverse, como si supiera lo que Adele estaba observando.
“Sí, lo leí en un libro,” respondió Adele, aún absorta.
“...Es hermosa. Más de lo que imaginaba.”
La emoción de ver en persona una obra de arte que antes solo había conocido por libros fue más profunda de lo esperado.
Ernest, al percibir la sinceridad en sus palabras, pareció satisfecho.
“Tiene usted un gusto refinado.”
Al entrar en el interior de la mansión, Adele quedó aún más sorprendida.
“Esta es la residencia externa de los Buonaparte. Está destinada a recibir visitantes,” explicó Ernest.
Del techo altísimo colgaba una enorme lámpara de araña de cristal. Parecía tres veces más grande que Adele.
En el suelo se extendía una alfombra damasco de fondo rojizo con estrellas azul oscuro bordadas, y en cada habitación colgaban portieres de brocatel de doble capa con borlas de plata colgando de los bordes.
Las paredes estaban repletas de pequeños retratos enmarcados en oro. Algunas paredes estaban completamente cubiertas por frescos.
Era hermoso. Y extraño.
Resultaba difícil creer que este espacio, que parecía una galería de arte donde coexistían la opulencia y la sobriedad, fuera en realidad residencia de alguien.
Adele recordó la choza de la que había salido esa misma mañana.
Cuando llovía, el techo goteaba; en verano, era como un horno. Por suerte, Santnar no era un país con inviernos fríos. Si fuera un lugar donde nevara, ya habría muerto congelada.
Y ni siquiera era de ella. Era solo un alquiler conseguido a duras penas con el dinero que había ahorrado privándose de comida, prestado por el viejo Nino.
“...........”
Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro. De repente, toda aquella belleza a su alrededor se sintió vacía.
Adele dejó de mirar a su alrededor y caminó con la vista fija en la espalda de Ernest.
Pronto terminó aquel edificio que parecía un palacio. Apareció un pórtico de mármol con columnas del color de la leche.
Al pasar también por allí, se alzó ante ellos una mansión de tres pisos con un ambiente mucho más acogedor.
“Desde aquí comienza el palacio interior, reservado para los descendientes directos de los Buonaparte.”
Mientras escuchaba la explicación del mayordomo, Adele contempló la elegante mansión situada en lo alto del jardín en terrazas.
Ciertamente, era menos ostentosa. Claro, el punto de comparación era un museo.
No pasó mucho desde que entraron al palacio interior cuando Ernest se detuvo frente a una enorme puerta.
“Aquí es.”
Las puertas de roble estaban adornadas con relieves de cuatro sirenas y una estrella en forma de cruz en cada hoja.
A simple vista, era evidente que un maestro artesano había puesto todo su empeño en tallarlas.
“Esto…”
“Veo que lo reconoce. Es una obra del escultor Javert,” dijo Ernest con voz orgullosa.
“Dicen que el palacio Buonaparte es en sí mismo una gran obra de arte... y veo que es verdad.”
Al oír las palabras de Adele, la mirada del viejo mayordomo se suavizó. Solo por un momento, antes de retomar su tono firme para cumplir con su deber.
“Es el despacho del señor de la casa. Al entrar, él ya estará dentro. Hágalo en silencio, sin tocar la puerta.”
Dicho esto, Ernest se dio la vuelta por el pasillo sin darle a Adele la oportunidad de detenerlo.


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